Jorjo Wainot
Una tarde de verano caminando por un camino polvoriento y sin sombra sobre un terreno llano como sólo la pampa puede ofrecer, un ingeniero agrónomo con su teodolito a cuestas y fastidiado porque no ha divisado una persona en varias horas y ha perdido a medias el rumbo ya que su peón de campo ha desaparecido, llega a una encrucijada de cinco direcciones posibles, todas sin señalizar, por supuesto.
Intenta orientarse pero es inútil. Por uno de los caminos y a unos quinientos metros divisa un árbol, no muy frondoso, pero un árbol al fin.
Se dirige hacia él a paso cansino, cuando llega, encuentra sentado en el único lugar sombreado a un anciano. Con alivio y contrariado al mismo tiempo decide molestar al hombre con la esperanza de que lo tome por loco y se vaya, dejándole la sombra libre.
- Buenas tardes buen hombre. ¿Por cual de estos caminos encuentro a Dios?
El anciano, sin dudar señala a su derecha. El ingeniero sorprendido repregunta.
- ¿Y el Sol por donde sale? El anciano gira su cuerpo y señala el camino del Este.
- ¿Y si con el teodolito trazo una línea que una los dos puntos? ¿Hacia donde me llevaría el punto medio del camino, buen hombre?
La sonrisa socarrona del ingeniero se contrapone con el ceño fruncido del viejo, que parece meditar la respuesta, preocupado. Luego de unos minutos lo mira a los ojos y le responde.
- ¡Al carajo!
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